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Por Javier Ibáñez y Rubén Sáez (Arcatur)

El Castillo de Libros, defendido por un único freire templario, resistió durante más de medio año a la orden de captura de los monjes y aprehensión de bienes de la Orden, dictada por Jaime II de Aragón.

El Castillo de Libros, conocido a mediados del siglo pasado como la Plaza de los Moros, está encaramado en la cumbre de un alto e irregular peñasco, en la margen derecha del río Turia. Controla la entrada a un tramo de profundas hoces, tan estrechas en algunos puntos que no permitían ni tan siquiera el paso de un camino; de hecho, hasta la apertura de la actual carretera N-330, el antiguo camino que unía Libros con Villel transitaba por las empinadas e incómodas laderas de la margen izquierda.

Los restos de la antigua fortaleza templaria se asientan en la cumbre del cerro conocido como El Mortero, tormo delimitado por un meandro abandonado del río y por el curso fluvial actual; se trata de un antiguo relieve residual, formado por materiales triásicos fuertemente inclinados, que quedaron cubiertos por rellenos terciarios y que fueron exhumados por la erosión fluvial. A sus pies se encuentra el casco urbano de Libros, instalado sobre parte del meandro; la antigua aldea medieval debía ocupar las partes más bajas de la ladera Suroriental del tormo, también sumamente incómodas, desplazándose hacia su ubicación actual durante la Edad Moderna.

Varias órdenes militares

En origen, la posición debió estar ocupada por una fortificación islámica, conquistada por Alfonso I, que la donó a la Orden de Monte Gaudio en diciembre de 1187. En ella se instaló un comendador, cargo que ejercía fray Fortuyn Xemeni en el momento del traspaso de los bienes de esta orden al Temple (abril de 1196).

Aunque dependiente de Villel, el Castillo de Libros siguió albergando al menos un freire, que ejercía la función de comendador; en noviembre de 1212, el Temple otorgó carta de población a Libros, siendo comendador fray Ramón Guerau.

Al igual que Villel, el Castillo de Libros fue una de las posiciones que se opuso a la orden de aprehensión dictada por Jaime II contra el Temple. Su defensa corrió a cargo de Pedro Rovira, el único freire existente en la misma, que resistió hasta finales de junio de 1308, siendo posteriormente trasladado prisionero al Castillo de Alfambra. Al igual que las restantes posesiones templarias en Aragón, la fortaleza pasó a manos de la Orden del Hospital en 1317.

Cuatro décadas después, en el contexto de la Guerra de los Dos Pedros entre Aragón y Castilla, el monarca aragonés ordenó a Fortum Gonçalvez, comendador hospitalario de Villel, que reparase los castillos de Libros y Cabronciello, siendo ésta la última referencia que hemos localizado a la fortaleza. Este aparente silencio documental podría apuntar a su abandono tras la guerra con Castilla, momento en el que pudo ser demolida, no volviendo a ser posteriormente reconstruida.

A primera vista, son escasas las evidencias conservadas de la antigua fortificación; pero esta sensación es engañosa, especialmente si tenemos en cuenta que, aparte de las visibles, sin duda hay otras envueltas por los niveles arqueológicos.

En superficie, las estructuras de mayor entidad son los muros perimetrales que dan forma a una irregular plataforma, de unos 28 m. de largo (N-S) por entre 8 y 15 m. de ancho (E-W). En la esquina Noroccidental, hay un pequeño saliente, que se corresponde con la parte más alta del cerro. Allí se conservan algunos restos que podrían corresponder a una estructura turriforme, desde la que se controlaría el posible acceso a la fortaleza. Además, en el espacio interior se detecta la presencia de algunos muros que afloran a la superficie, definiendo lo que probablemente sean dos bloques constructivos diferenciados; uno de ellos, adosado al muro occidental, de unos 4 m. de anchura; el otro, en la esquina Suroriental.

En este último sector hay una pequeña depresión circular, que corresponde, según la tradición, a la entrada a una antigua galería que descendía hasta el río. Este tipo de leyenda, recurrente en los castillos, a menudo coincide con la presencia de un aljibe.

En la parte superior de la ladera Suroriental también se detecta la presencia de otras estructuras vinculadas con el castillo, de muy difícil acceso en la actualidad. Estas refuerzan la idea de complejidad de la traza del conjunto, que podría estar formado por construcciones a varios niveles.

El primigenio acceso a la fortaleza se sitúa en el flanco occidental, donde se aprecia la existencia de un posible vano, que daría entrada a una especie de corredor, desde el que se descendía por la empinada ladera hasta conectar con la calle Carmen, por un paso actualmente bloqueado por grandes desprendimientos de bloques. Como ya hemos indicado anteriormente, es posible que este camino de subida y la puerta de entrada al recinto se controlara desde una hipotética torre situada en el saliente de la esquina Noroccidental.

Las estructuras visibles son de mampostería encofrada de piedra irregular, trabada con mortero de yeso. Desgraciadamente, se encuentran afectadas por múltiples patologías, y piden a gritos una urgente intervención destinada a evitar pérdidas irreparables. Entre dichas patologías destaca la degradación de los morteros por acción del agua y de elementos vegetales, el desprendimiento de mampuestos de los muros, la acción de la humedad derivada de los rellenos, etc. El muro Suroccidental, que es de los que presentan mayor alzado, es el que se encuentra en un estado más preocupante; ha perdido casi todo el paramento exterior, quedando al descubierto su núcleo, del que deben desprenderse mampuestos con relativa frecuencia, como lo indican las piedras acumuladas en su base y la escasa pátina que presenta la superficie del mortero.

Pese al deterioro general de las estructuras, se aprecia la posible existencia de rellenos con potencias que en algunos puntos son superiores a un metro y medio, lo que nos permite suponer la conservación de contextos de interés arqueológico. De la mano de futuros trabajos arqueológicos, estos niveles y las estructuras asociadas, podrían arrojar nueva luz sobre un castillo del que sabemos muy poco.

Hace unos tres años, se acondicionó el Castillo como mirador, abriendo un nuevo acceso por la ladera Noroccidental. Aunque no se puede negar que los algo menos de 50 metros de desnivel que debemos salvar para subir a la vieja fortaleza requieren un cierto esfuerzo, el ascenso actual es mucho más cómodo y seguro que el primigenio. Y la visita vale la pena, tanto por el paisaje como por entrar en contacto con una parte de nuestro Patrimonio relegado a un olvido que se ha prolongado durante más de medio milenio.

Un olvido inexplicable.

Pese a figurar en algunos trabajos de referencia sobre castellología, el Castillo de Libros no aparece en el listado de fortificaciones recogido en la Orden de 17 de abril de 2006, del Departamento de Educación, Cultura y Deporte, por la que se aprueba la relación de Castillos y su localización, considerados Bienes de Interés Cultural en virtud de lo dispuesto en la disposición adicional segunda de la Ley 3/1999, de 10 de marzo, del Patrimonio Cultural Aragonés.

Urge enmendar esta situación, que deja en el limbo a este viejo enclave asociado a tres órdenes militares (Monte Gaudio, Temple y Hospital de San Juan), privándole de potenciales ayudas culturales y de su promoción como Bien de Interés Cultural.

Itinerario del sur de Teruel

El Castillo de Libros forma parte del itinerario de las fortalezas templarias que discurre por la parte meridional de la provincia, y que se encuentra incluido en la Ruta de los Castillos de las Órdenes Militares. Se inicia en el Castillo de Albentosa, pasando junto a la masía fortificada de la Torre, situada en término de Teruel, poco antes de Villastar. Tras visitar el Castillo de Villel y discurrir junto a la Peña de Rodrigo Díaz, llega hasta el Castillo de Libros, para acabar en el Castillo de Tramacastiel. Un interesante repertorio de fortalezas templarias muy poco conocidas por el gran público, a las que podrían sumarse otras cercanas, como Alfambra, Camañas, Celadas, Orrios o Perales del Alfambra, que han sido incorporadas en otras rutas temáticas.

Noticia y Foto: Diario de Teruel